miércoles, 14 de abril de 2010

Érase un 13 de abril (de Luisa María Vázquez Cruz)

Érase un 13 de abril y mientras reposaba en mi cama, escuché el susurro de una voz moribunda. Asustada, miré a mi alrededor, pero no vi nada. Ignoré el incidente y continué mi reposo tranquila y sin ninguna preocupación (aparente).

Al pasar de los minutos, percibí que era hora de salir hacia la Universidad. Apagué la alarma, me miré al espejo y de pronto, volví a escuchar la voz moribunda que me musitaba. Esta vez, traté de escuchar detenidamente, y no era una voz, sino muchas voces que en un susurro lastimoso parecían pedir socorro ininteligiblemente.

Por un segundo pensé que soñaba, más no era así; las voces no cesaban. No volvió la tranquilidad del silencio a mi estudio. A cada momento, las voces en espinosos lamentos me murmuraban. Ante estas circunstancias, no tuve alternativa que concluir que me había vuelto loca. Me preparé para partir y resolví ignorar mi “aparente” delirio.

Me monté en mi auto, lo encendí y seleccioné una canción entretenida. Así sucesivamente, realicé con cotidianidad y sin interrupción, cada una de las faenas que de ordinario hacía cuando iba a la Universidad. Entre tanto, no hubo motor, no hubo música, ni viento, ni llamada alguna, que interrumpiera los sollozos que a cada segundo punzaban mis oídos.

A medida que avancé hacia la Universidad, me percaté que el rumor lastimoso se iba convirtiendo poco a poco en un estruendo brutal que abarrotaba mis tímpanos. En medio de ese bullicio, pude descifrar el contenido del lamento: "No te rindas en tu lucha. No dejes que me envenenen."

Al descifrar la súplica, deduje que las voces eran mi propia conciencia y decidí ignorarlas. Continué mi rumbo.

Pasaron los días, las semanas y continué mi rutina de forma usual: me levantaba, me preparaba, escuchaba música, iba a la Universidad, asistía a clase y regresaba a mi casa. Una rutina inquebrantable, robótica e impecable. A pesar de esto, las voces no cesaban.

Todos los días, desde aquel 13 de abril, escuchaba los susurros que en lamentos me decían: "No te rindas en tu lucha. No dejes que me envenenen", mas yo, continué ignorándolas.

Esto continuó por semanas, meses y años, hasta que un buen día ya no escuché las voces. Sentí sorpresa, curiosidad y a la vez alivio. Al fin, esas voces molestosas ya no estaban en mi mente! Mi vida era perfecta.

Así pues, feliz con la vida y llena de contentura, me vestí y me dirigí hacia la Universidad, como siempre acostumbraba.

No obstante, al hallarme cerca de los alrededores del recinto, noté una peculiaridad en el ambiente. Sentí un vacío extraño en los alrededores, un "algo" que no podía precisar lo que era, pero lo presentía. Detuve mi auto justo en el semáforo que quedaba frente al portón principal de la Torre de la Universidad. Miré a mi alrededor, y en ese preciso instante lo asimilé: no había nadie, ni una sola alma, ni un solo estudiante; la Universidad y sus contornos estaban vacíos.


Luego de reponerme de la confusión, me percaté que en los portones de la Universidad -los cuales estaban cerrados- había un letrero pequeño colgado de forma torpe en una de las rejas. Me bajé de mi auto, crucé la calle y poco a poco me acerqué al portón principal. Al leer el letrero, sentí pánico. Rápidamente, cerré y abrí mis ojos implorando que fuera una pesadilla lo que estaba viendo, pero no lo era. Era real. En ese preciso instante, el recuerdo de las voces lastimosas abarrotó mi mente, y comprendí su significado real por vez primera. Cerré mis ojos llorosos y deseé con todo mi corazón haber hecho algo por mi Universidad, por poco que fuera o por inútil que hubiera parecido. Maldije la inercia de mi vida y entre maldiciones y lamentos me perdí.

El letrero leía así: "NO ENTRE. ESTA PROPIEDAD HA SIDO VENDIDA Y CLAUSURADA"

(Gracias, Luisa, por compartir esto con nosotros e inspirarnos a seguir luchando por nuestra Universidad.)

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